Al final de esta historia habrá una familia centroamericana reubicada en algún municipio seguro de México, lejos de la amenaza del Barrio 18, la pandilla que controla su colonia y uno de los dos grandes grupos de ese tipo que aterrorizan a la región.

Pero de momento, la hija mayor, Karla, una espigada joven de 22 años, me cuenta: “Si un pandillero te quiere para él, no puedes hacer nada”.

“A una de mis compañeras que se negó a irse con ellos la sacaron de clase y la mataron allá mismo, a las puertas del colegio”, recuerda. “Que era una advertencia, nos dijeron”. A ella también la escogieron.

“El marido de mi hermana, que es el sicario de la colonia, la quería de mujer de su hermano”, recuerda su madre, María, vestida con una escueta camiseta de tirantes, pantalón corto y sandalias, y desparramada en una silla de plástico en el pegajoso calor tropical de la frontera mexicana.

“Porque a los muchachos los reclutan, pero a nuestras niñas las quieren para hacerlas suyas”, explica. María se negó a entregar a su hija, pero eso no sirvió de freno. Y al día siguiente el hermano del sicario decidió seguir a Karla allá donde fuera.

Por ese acoso fue que la familia, compuesta por la madre, un hijo varón y dos hijas, decidió huir del municipio centroamericano, cuyo nombre no revelaremos por seguridad, y salir del país.

Y hoy los cuatro ven los días pasar encerrados en un habitáculo de seis metros por diez, en una ciudad de la frontera sur mexicana que tampoco identificaremos.

Son solicitantes de asilo, como otros miles de centroamericanos, y forman parte de un programa de reubicación del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

La Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados, el organismo encargado de darles trámite, recibió en 2016 8.781 peticiones de asilo, un 154,6% más que el año anterior, según los datos más recientes hechos públicos.

Más de la mitad se registra en la oficina que el ente tiene en Tapachula, en el estado mexicano de Chiapas, fronterizo con Guatemala, y casi todos los solicitantes son centroamericanos.

Y aunque el organismo no revela los motivos por los que buscan refugio, las organizaciones no gubernamentales que trabajan con ellos aseguran que la violencia de las pandillas es uno de los factores de más peso tras la migración en el que se conoce como el Triángulo Norte de Centroamérica: Honduras, El Salvador y Guatemala.

“Ya arruinaron nuestros países, malearon a nuestros hijos y se robaron a nuestras hijas, y ahora aquí quieren llegar a hacer lo mismo”, dice María, desparramada en su asiento de plástico blanco.

La entrevistamos el 21 de noviembre.

Hablaba con gravedad, pero también con cierto alivio, sabedora de que le quedaban escasos días en aquel ardiente cuarto de seis metros por diez.

Hoy ella y sus tres hijos tratan de inventarse una nueva vida en otro estado mexicano, lejos del calor tropical y de las pandillas.

Vía BBC Mundo.

También te puede interesar:

Esto es Panmunjom, donde se decide si habrá guerra o paz

Casi 80 religiosos abusaron de niños desde el año 2000