• Los equipos de rescate representan la última esperanza de las familias de los desaparecidos en Kumano, en el suroeste de Japón, tras las lluvias excepcionales caídas la semana pasada

Contra viento y marea, los rescatistas siguen buscando a las personas que no han dado señales de vida removiendo las ruinas con palas y excavadoras.

Conocida mundialmente por sus cepillos y brochas de maquillaje, Kumano se despertó con una apariencia triste.

En esta ciudad montañosa de la provincia de Hiroshima, diez personas fueron salvadas por los equipos de rescate, al mismo tiempo, se encontraron varios cuerpos, aunque no precisaron el número exacto.

También se confirmó la desaparición de unas doce de personas y temen que esta cifra aumente puesto que no disponen de información de todos los habitantes.

Una casa hundida hacia un lado

Una casa se hundió hacia un lado, después de desprenderse del suelo.

“Hubiera preferido que mi hermana y mi familia fueran rescatadas más pronto”, lamenta Kosuke Kiyohara, 38 años, hermano de una mujer que se quedó encerrada en el interior de este hogar con sus dos niños. Ninguno de los tres ha dado todavía señales de vida.

Kiyohara sabe que las posibilidades de encontrarlos vivos son escasas, lo que reconocen incluso los equipos de rescate, “ya que hace casi tres días”.

“Llegué de primero el sábado, e inmediatamente me imaginé lo peor. No he conseguido hablar con ellos desde el viernes por la noche. He pedido a mi familia que esté preparada para el peor de los casos”, explicó Kiyohara, que está sentado en la acera delante de la casa destruida de sus familiares.

Mientras tanto, decenas de policías, bomberos y soldados trabajan acalorados, bajo temperaturas de 30 grados, para intentar encontrar a los sobrevivientes en zonas donde hubo derrumbes que arrastraron casas, destrozaron farolas y crearon montañas de barro.

“Removemos las ruinas y quitamos los escombros de las casas, ya que posiblemente todavía queden personas debajo”, dijo un soldado.

Esta tarea compleja avanza poco a poco. Tienen que parar las máquinas de construcción cada vez que detectan señales de vida humana.

En cambio, aquellos que sobrevivieron a las inundaciones intentan regresar a sus hogares acompañados por bomberos o trabajadores de la administración local, que comprueban cómo se encuentran.

“Pasamos tanto miedo”

Naoaki Ogawa, un profesor de 69 años, que vive con su mujer, su hija mayor y su hijo de 9 años, en uno de los pisos de arriba de un inmueble que ha quedado prácticamente destruido, vio como una ola de barro se precipitaba contra un edificio vecino y destruía las casas, los vehículos y arrancaba los árboles.

“Antes de este deslizamiento, sentí un ruido muy fuerte que venía de la montaña, eran las siete de la tarde (10h00 GMT) del viernes, tomamos inmediatamente el vehículo y nos fuimos”, recuerda. Pero la única calle para abandonar su barrio estaba colapsaba por otros vehículos que también intentaban escaparse. Entonces, empezó a caer una lluvia de rocas, que golpearon su vehículo.

“En lugar de quedarnos donde estábamos, giré a la derecha y de repente vi una ola de barro que se llevaba tres vehículos delante mío. Durante los veinte años en los que había vivido en Kumano, nunca había visto tal cosa. Pasé tanto miedo, todos pasamos tanto miedo”, continúa horrorizado.

Sin saber qué hacer, con la calle bloqueada, se quedó en el barrio hasta que los equipos de evacuación vinieron a rescatarle tras haber superado una montaña de barro.

Para Ogawa, como el resto de sus vecinos que sobrevivieron a las inundaciones, la vida continúa, pero con contradicciones. Se pregunta si podrá ser feliz ignorando el destino de sus vecinos muertos o desaparecidos.

Información e Imagen: AFP

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