El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC), cuya firma en 1994 supuso la entrada de buena parte del país en la modernidad económica, ha sido objetivo predilecto de los ataques de Trump: su importante rompimiento, tantas veces verbalizada, amenazó con desatar una tormenta sin precedentes en la segunda economía más importante de América Latina. En líneas generales, el batacazo del peso en los últimos meses ha sido sonado: la moneda de México ha dejado la cuarta parte de su valor desde abril, a medida que el fenómeno Trump escalaba posiciones en los sondeos.

Luego de la sobrerreacción inicial del mercado en el tramo final de 2016, que vio cómo, de repente, todas las apariciones se colaban sobre México, 2017 no ha sido tan malo como cabía esperar.

Tal es así que ha sido el mejor año para el peso en cinco años. 12 meses después, aunque muchas de las dudas que arrastraron a la moneda a la baja se han recrudecido en los últimos compases del año ­-renegociación del TLC, potencial huella de la reforma fiscal estadounidense sobre la inversión en México y dudas sobre el resultado de las elecciones del próximo julio-, la situación luce mucho menos crítica.

Con respecto a fechas, entre el 20 de enero -cuando Trump asumió la presidencia de EE UU– y mediados de septiembre, el peso recuperó más de un 18% de su valor frente al dólar. Los grandes inversores empezaron a revertir su exagerada respuesta inicial y el contexto general propicio para los países emergentes -y México es un exponente destacado de ese grupo- rebajó la presión sobre la divisa.

“Muchos empezaron a cambiar de vagón entre febrero y septiembre”, valora Juan Carlos Rodado, jefe de análisis del banco Natixis para Latinoamérica y uno de los expertos que más ha atinado en los últimos años con el tipo de cambio.

La debilidad en la moneda de México, sostuvo Rodado, ha llegado para quedarse. Por lo menos a corto y medio plazo. El banco central empieza a tener menor margen de maniobra y, aunque en México la subida de tasas apenas pasa factura al crecimiento dado que la exposición al crédito de hogares y empresas es marcadamente menor que en EE.UU y Europa, amenaza con acrecentar los primeros signos de agotamiento de la economía.

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